Duarte, ética y ley

Publicado el 17 Oct 2017
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Es elemental, Duarte y todo lo que signifique un símbolo patrio debe ser respetado y visto como algo sagrado por todos los dominicanos, salvo que se trate de algún ignorante que, de todos modos, debe recibir sanción si incurre en algún irrespeto o violación a lo que pautan la prudencia y las reglas del país.

Hace unos días respondí a la vecina Ivelisse Guerrero, que recopilaba firmas de desagravio al fundador de la República las alusiones difamantes, desconsideradas e inaceptables desde todo punto de vista de que fuera víctima por alguien de la comunicación que no se controla ni controlan, lo siguiente: “Esa ofensa atrevida contra la dignidad y el respeto que merece el patricio Duarte no debe quedarse sin sanción y ninguna autoridad -con el silencio o la inacción- puede hacerse cómplice de esa barbaridad. Aquí, en nada, debemos tener vacas sagradas ni nadie que se considere -y le celebren- estar por encima de la ley  o por encima del bien y del mal”.

Lo que se dijo contra Duarte, y se ha dicho contra algunos muertos, contra algunos inmortales y contra muchos vivos de manera alegre e irresponsable innumeras veces en aras de una libertad de expresión mal entendida y mal aplicada, es sencillamente, imperdonable. Ya, cuando por el dejar hacer y dejar pasar ni siquiera el patricio era freno o factor de miramiento para las ofensas y los desbordamientos verbales, algún paso, por corto o tímido que fuera (como lo fue), había que dar. Más irresponsabilidad y más complicidad, por comisión u omisión olímpicas, no podía haber. No es verdead que en aras del artículo 49 de la Constitución, sobre libertad de expresión e información, cualquiera puede decir contra otro lo que le dé la gana, sin miramiento ni control.

La dignidad y el derecho de los demás cuentan. Y hasta la libertad, para que no derive en libertinaje, tiene un límite y debe ser administrada para que no dañe. Don Rafael Herrera, Germán Ornes y mi maestro Freddy Gatón Arce deben sentirse muy tristes y desengañados, al ver como la comunicación social que nos gastamos de un tiempo para acá – y con las excepciones naturales – ha ido distorsionando el rol principal de informar, orientar y educar, para tomar un camino peligroso que pasa de la comercialización, el chantaje, hasta la extorsión (¿?).

 

Autor: Luis Encarnación Pimentel

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