Un mes cambió todo

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En este mes revoltoso de mayo se cumplen 50 años del inicio de un conjunto de acontecimientos que marcaron a toda una generación. El mayo de 1968 fue el estandarte de un profundo cambio que tocó a Occidente de una manera inimaginable e inigualable.

El 1968 es memorable por un conjunto de hechos que parecerían un juego de ajedrez entre maestros, que surgieron de una “fiebre” inaudita dirigida a cambiar por completo a la humanidad. No fue solo París, aunque fue el hecho más emblemático, fueron también las protestas en contra de la guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, la primavera de Praga, el movimiento huelguístico en Polonia, la revolución cultural de la China maoísta, además de otros movimientos de tinte liberador.

Lo que se logró en el mayo de 1968 no fue un nuevo orden mundial, ni mucho menos la reposición de gobiernos de uno u otro bando del espectro ideológico. Lo que se logró fue un cambio sin precedentes en la forma en que se ejerce la autoridad, moldeando con el cincel revolucionario, la presión que se ejerce sobre los gobiernos y la política.

En aquel año llegaba Rafael Molina Ureña como Embajador dominicano ante el Gobierno francés. Quién fuera brevemente presidente de la República durante los hechos de abril de 1965, llegaba al Palacio del Eliseo a presentar las cartas credenciales al general Charles de Gaulle, en representación del presidente Joaquín Balaguer, a quién las ráfagas del mayo parisino, al igual que en el resto de la región, también le llegarían.

El bienestar económico de los “baby boomers” trajo consigo un deseo generalizado de cambios en un mundo bipolar, donde las expresiones de protesta, la manifestación de la indignación y la apropiación cultural de una revolución. No solo fueron las calles que se llenaron de mensajes de protesta, también la música, la poesía, la literatura, un mundo artístico fecundo y variopinto nació de aquel mes de la rebelión.

“La insolencia es una de las mayores armas revolucionarias”, frase escrita en alguna pared, que resume el desafío abierto a una autoridad que más que injusta, demostró estar desconectada de los cambios generacionales que le sobrevinieron, tras unos hechos que aislados no llamaban la atención, pero que juntos moldearon una transformación social significativa.

El Editorial de El Tiempo, periódico colombiano, dice que el “mayo de las utopías” quiso “dejar claro que las viejas formas autoritarias y deshumanizantes de un modelo de orden social que por largos años permaneció en un lugar sagrado habían caducado”.

La “insumisión permanente” hoy marca a los hijos de mayo del 1968 que hoy pueblan los poderes políticos, los círculos intelectuales y académicos y los espacios mediáticos. Y aunque ese “largo 68” del que escribe Richard Vinen, historiador británico, fue cercenado por las políticas económicas de la década siguiente, no menos cierto es que sus efectos han perdurado estos 50 años.

La importancia de esta fecha no reside en los cambios que pudo generar en el corto plazo, sino en el cuestionamiento a una sociedad envenenada, al concepto mismo del ejercicio del poder y la jerarquía y a las normas sociales que impedían que floreciera una humanidad renovada. Como escribió Tony Judt en sus memorias al relatar su visión del mayo del 1968: “protestamos en contra de lo que no nos gustaba y estábamos en lo correcto al hacerlo. Desde nuestro punto de vista, fuimos una generación revolucionaria”. Una generación que, en un mes, cambió todo.

Autora: Margarita Cedeño de Fernández