La recuperación de Puerto Rico: casas sin techo, escuelas cerradas, una isla abandonada

0
7
El huracán María destrozó esta comunidad playera en Punta Santiago, Humacao. Un año después, muchas casas todavía tienen por techo lonas azules. MATIAS J. OCNER mocner@miamiherald.com

PUNTA SANTIAGO, Puerto Rico – El rostro del Puerto Rico olvidado después del huracán María bien pudiera ser el de José Luis “Chegüi” Aponte Cruz, quien perdió su empleo y todo lo que tenía en su casa cuando la furia de la tormenta hizo que el mar se adentrara una milla en esta comunidad playera pobre, arrasando con casi todo a su paso.

María destrozó el merendero de bloques pintado de amarillo brillante al que la gente iba a buscar los famosos bacalaítos de Chegüi. La tormenta se llevó el congelador, el refrigerador y la estufa, las mesas y las sillas, y nada estaba asegurado. Un año más tarde, después que le negaron préstamos bancarios y asistencia del gobierno para reabrir con un camión de comida, Chegüi —como buena parte de Puerto Rico— apenas ha comenzado a recuperarse.

Una vez a la semana, los domingos, lleva a la playa un fogón donado y una tienda de campaña para vender bacalaítos y pastelillos, preparados a mano y rellenos de masas de pescado y cangrejo, a los pocos clientes leales que todavía llegan a lo que todavía es un merendero insalvable, en realidad un par de paredes sin techo. Pero no es lo mismo.

“Esto era un ambiente familiar. Esto me llenaba”, dijo Chegüi, con los ojos llorosos mientras recordaba los muchos años de cocinar en el Kiosko El Amarillo, mientras sus dos hijos servían a los clientes en el mostrador.

“Yo quería seguir, comprar un food truck, pero, bueno, estamos bregando”.

Hoy, en Punta Santiago hay poco que se parezca a lo que había antes que María barriera la isla, dejándola en la oscuridad, destrozando o dañando cientos de miles de casas y empeorando una crisis económica y política que había comenzado mucho antes. Decir que la recuperación es irregular e incierta no comienza a describir la situación verdadera en Puerto Rico 12 meses después que María tocó tierra como una poderosa tormenta categoría 4.

La mayor parte de la isla ha recuperado cierta semblanza de normalidad, y los legendarios tapones del tráfico a la hora pico en la relativamente próspera zona metropolitana de San Juan están a la vista de nuevo, algo peor porque los semáforos funcionan intermitentemente, si es que acaso funcionan, en algunas de las principales intersecciones.

Pero las apariencias son engañosas. La estabilidad —económica, política y demográfica, en la vida diaria— sigue siendo escasa en Puerto Rico, un territorio estadounidense de 3.3 millones de personas, ciudadanos estadounidenses de nacimiento, y sobrevivientes de uno de los desastres naturales más devastadores en la historia de Estados Unidos.

Casi todos viven hoy con algún grado del trauma emocional y físico que acompañó la enorme devastación y sus extenuantes consecuencias: las semanas y meses sin electricidad, servicios médicos fiables, servicios básicos del gobierno y muchas de las comodidades y protecciones de la vida moderna a la que estaban acostumbrados.

Para muchos, todavía queda mucho camino por andar.

En casi todas partes se ha restablecido el servicio eléctrico, un esfuerzo financiado casi en su totalidad por el gobierno federal, pero los apagones son cosa de todos los días y la obsoleta red eléctrica sigue siendo vulnerable al desastre durante una tormenta, incluso ante fallas menores: Hace unos meses buena parte de la isla quedó a oscuras dos días cuando una excavadora dañó una torre de transmisión en las montañas. La mayor parte del sistema de generación y transmisión de electricidad debe rediseñarse desde cero, dicen autoridades del sector.

Un reportaje especial del El Nuevo herald