Por Daniel Toribio
Desde 2005 las autoridades monetarias impulsaron un proceso que culminó el 1 de enero de 2012 con el esquema de metas de inflación, de 3% a 5%. La idea: anclar precios y dar previsibilidad.
El Banco Central se aferra a esa ancla. Por eso respiraron aliviados cuando la inflación interanual cerró en diciembre de 2025 en 4.95%, apenas 0.05 puntos por debajo del techo del rango.
Lo malo es que la vida cotidiana no se compra con promedios ni con metas. Se compra con comida.
El Índice de Precios al Consumidor resume una canasta promedio. El hogar de menores ingresos concentra su gasto en alimentos, transporte y servicios básicos. Cuando el aumento viene por alimentos, el golpe se concentra abajo, aunque el promedio nacional “cuadre”.
En diciembre, el propio Banco Central explicó que Alimentos y Bebidas No Alcohólicas aportó 50.17% de la inflación mensual. Ese grupo subió 1.59% en el mes, casi el doble del IPC general. En el colmado, eso se traduce en menos cantidad, peor dieta o más deuda.
El dato anual es elocuente. El índice de Alimentos y Bebidas No Alcohólicas aumentó 8.19% en términos interanuales, muy por encima del 4.95% general.
La regresividad también aparece en la medición por estratos. En diciembre, la inflación fue 1.00% en el quintil más bajo -los más pobres- y 0.70% en el quintil 5 -los más ricos-. La diferencia no es ideológica. Es aritmética: cuando sube la comida, el índice del pobre sube más.
Esa brecha importa por una razón práctica. Si el salario se ajusta tarde, si el ingreso es informal o si es pensión, la pérdida de poder de compra llega primero y dura más. Por eso la pregunta en la calle es directa: “Si estamos en meta, ¿por qué compro menos con lo mismo?”.
Cuando el aumento viene por alimentos, el reto no es negar la estabilidad del promedio, sino reconocer el problema social dentro del dato agregado. La respuesta exige oferta y logística: producción, pérdidas en cadena, transporte, almacenamiento e importación temporal focalizada ante choques. Y, si el golpe se concentra en la mesa del hogar vulnerable, la política social debe reaccionar con transferencias focalizadas y temporales.
Y no se trata de pedir milagros al Banco Central. El costo de los alimentos depende del clima y de la productividad. Si el Estado celebra el promedio, deja intacto el malestar del colmado. Ese malestar se acumula semana tras semana.
La meta importa, sobre todo para el más vulnerable. Una inflación alta y errática destruye salario real, ahorros y planificación. Pero meta no equivale a alivio si la dieta básica sube más rápido que el promedio. El relato oficial debe completarse: estabilidad sí, y una estrategia frente a la “inflación que se come”.

