Por Roberto Cassá
En el tiempo presente del mundo occidental se pone de manifiesto una situación paradójica, en lo fundamental inédita, aunque con antecedentes comparables. Por una parte, se observa una decadencia del sistema económico, cuya matriz capitalista se gestó en los países centrales de Europa occidental y Estados Unidos. Paralelamente, en ellos se observa un auge de la extrema derecha, sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando terminaron aplastados los regímenes fascistas, antecedentes de propuestas hoy en boga. Aunque, como parte de ese cuadro, se mantiene de palabra la reivindicación del ordenamiento democrático por núcleos que rigen los gobiernos, salvo excepciones extremas.
Tal contexto de descomposición se ha acompañado por la paradójica tendencia de la minimización de la izquierda, aun en no pocos lugares la que puede calificarse de moderada (en no pocos casos de cuasi desaparición) o, sobre todo, por el recorte de sus propuestas transformativas, fenómenos ambos interrelacionados. Este fenómeno es nuevo, por cuanto en la época de los movimientos fascistas clásicos, surgidos como reacción de la Revolución Rusa de 1917, se mantuvo un empuje de propuestas de izquierda. Esta pudo ser aplastada, como en Alemania, pero se logró mediante el despliegue represivo, aunque ciertamente se acompañara por la adhesión de la mayoría o de una porción muy considerable de la población. En el presente se observa algo distinto: el debilitamiento cuantitativo y el desdibujamiento de los perfiles reconocidos de la izquierda con independencia de los matices que se expresan en la diversidad de sus manifestaciones.
América Latina, último reducto de la izquierda radical en Occidente, sustentadora de una transformación revolucionaria, asiste hoy a un desmembramiento multifacético de la izquierda en su conjunto, incluidos sectores moderados que optaron como programa gubernamental por restringirse a cambios limitados en el interior del sistema.
En este análisis se hace abstracción de lo que sucede fuera del mundo occidental, particularmente en Asia, donde los procesos tienen connotación distinta. Aunque deba ser motivo de otro análisis, lo que sucede allí constituye el reverso de la decadencia del mundo occidental, aunque no implica propiamente una propuesta de izquierda, o de su radicalización, ni siquiera en la República Popular China, gobernada por el Partido Comunista y con un sistema económico sui generis que ha partido de la incorporación de relaciones capitalistas a gran escala dentro de la matriz socialista de corte soviético. Aun así, la evolución reviste características completamente distintas a la del mundo occidental. Finalmente, a diferencia de Europa, en China se mantiene un componente socialista-estatista y en otros países, como India, se sostienen sectores con incidencia, aun sea limitada, que levantan propuestas transformativas clásicas de izquierda.
II
Cuando se habla de izquierda, dada su diversidad de expresiones, habría que establecer los componentes comunes. En términos generales, implica la recusación, parcial o total, de los ordenamientos económico-sociales y políticos de la sociedad capitalista moderna. Las expresiones han variado por períodos y en países distintos. Generalmente han coexistido, en una combinación de colaboraciones a favor de objetivos comunes, y de debates relacionados con las diferencias que las han separado. En contraste con la derecha, que en la práctica ha tendido a unificarse en torno a la defensa del estatus quo, históricamente la izquierda se ha caracterizado por la diversidad y la lucha de posiciones que la han mantenido dividida en escalas variables, pero casi siempre insalvables.
Si bien las luchas sociales se remontan a las profundidades de la historia, lo que se denomina genéricamente como izquierda constituye un fenómeno asociado a la modernidad. Esta se ha caracterizado por la combinación del desarrollo del capitalismo y la implantación de regímenes que se reclaman adscritos a los cánones del liberalismo, al menos desde cierto momento, con excepciones importantes, como los dominios coloniales, la autocracia en Rusia o la fragmentación del poder en China.
Puntualmente la Revolución Francesa constituyó el hito para la implantación del régimen político de la modernidad, en particular la superación (aun fuese en un terreno formal) del antiguo régimen del absolutismo monárquico en Europa occidental y América. Sobre el trasfondo de las desigualdades que acompañan el capitalismo, hizo aparición la reivindicación de una aspiración radical de libertad e igualdad. Desde las primeras décadas posteriores a la Revolución Francesa, en muchos países europeos hicieron acto de presencia dos tendencias básicas, no siempre contrapuestas, pero siempre contentivas de componentes diferenciados: la del liberalismo democrático y la del socialismo. A la larga, si se piensa en términos radicales, la corriente liberal-democrática tendió a integrarse al orden capitalista. Por tal razón, en lo fundamental, la izquierda se ha ido identificado en forma creciente con expresiones socialistas, aunque se han producido fenómenos distintos, como se verá a propósito de América Latina en las últimas décadas.
Dos bastiones dieron origen a la izquierda socialista en Europa, uno en Francia y el otro en Inglaterra. En Francia surgió el comunismo moderno como derivación de la Revolución de 1789, con hechos como la Conspiración de los Iguales, encabezada por François Babeuf contra el régimen del Directorio. El comunismo en Francia tuvo en Auguste Blanqui su máxima figura paradigmática de tendencia insurreccional, cuyos seguidores fueron los protagonistas de la Comuna de París en 1871, aunque habían tenido participación en la Revolución de 1848, de carácter más heterogéneo.
En Inglaterra, país donde el capitalismo industrial pasó a predominar por primera vez, surgió el cartismo, movimiento de los trabajadores por reivindicaciones sociales y políticas, aunque en lo fundamental desprovisto de un objetivo socialista máximo.
Mientras tanto surgieron pensadores que trazaron los contornos de la sociedad socialista en oposición al liberalismo democrático. En Francia descollaron figuras como Henri de Saint Simon, Charles Fourier y Étienne Cabet, y en Inglaterra Robert Owen, todas a posteriori englobadas como socialistas utópicos, que a lo sumo expusieron principios y protagonizaron experimentos de comunas que terminaron en fracasos.
Fue en Alemania, con Karl Marx y Friedrich Engels, que surgió lo que calificaron de socialismo científico por oposición al imputado utopismo de socialistas previos. Solo después del aplastamiento de la Comuna de París los marxistas pasaron a predominar en el movimiento obrero de la mayor parte de Europa con la fundación de los partidos socialistas. Sin embargo, Marx había sido partidario de la colaboración de la diversidad de tendencias socialistas al promocionar la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida luego como Primera Internacional. Desde entonces se polarizó la diferenciación entre izquierda liberal-democrática y el socialismo.
La Internacional, sin embargo, sucumbió por la pugna entre marxistas-socialistas y anarquistas partidarios del ruso Mijaíl Bakunin. Los marxistas predominaron en los países nórdicos, sobre todo en Alemania, donde surgió el primer movimiento organizado masivo con el Partido Socialdemócrata, resultado de la fusión de los seguidores de Marx y de Ferdinand Lasalle. Aunque inspiradores y colaboradores de este partido, Marx y Engels tomaron distancia de algunas de sus derivaciones, en particular en la práctica dirigente de un movimiento que propendía a reformas en la sociedad capitalista, aunque proclamara una intención revolucionaria final. De todas maneras, en un orden teórico predominó una ortodoxia marxista que tuvo por principal exponente a Karl Kautsky, codificador de la convicción predestinada del tránsito al socialismo.
En otro orden, los anarquistas se caracterizaron por la acción violenta con vistas a la implantación inmediata de un régimen comunista, significativo de la destrucción del Estado, mientras los marxistas distinguieron una etapa intermedia de socialismo antes de la implantación del comunismo.
Otra corriente socialista fundamental fue el populismo ruso, de una potencialidad revolucionaria superior a la del socialismo de Europa occidental. Basados en la interpretación del régimen zarista, incluyendo la subsistencia de la comunidad rural (obshina), los populistas propugnaban por el paso al socialismo sin necesidad de transitar previamente por el desarrollo capitalista. Sin embargo, el fracaso de los populistas, que terminaron practicando el terrorismo, al igual que los anarquistas, condujo al auge del marxismo en Rusia, donde se combinaban las contradicciones del capitalismo en auge con la perpetuación de la autocracia de los zares.
En la práctica, aunque marxistas, la mayor parte de los partidos socialistas entraron en una perspectiva reformista, que tuvo su codificación teórica en las elaboraciones de Edward Bernstein, a finales del siglo XIX. Aunque no reconocida formalmente como hegemónica, por medio de los sindicatos, la derivación reformista pasó a prevalecer en la Segunda Internacional que agrupaba a los partidos socialistas europeos.
La dicotomía entre una ideología fosilizada y un movimiento práctico que no se proponía superar el capitalismo, dio lugar a la escisión a raíz de la Primera Guerra Mundial. La mayor parte de los partidos socialistas apoyaron los gobiernos de sus países, sobre todo en Alemania y Francia. En cambio, sectores minoritarios plantearon el derrocamiento del capitalismo como corolario de las consecuencias de la guerra. El ala bolchevique de los socialdemócratas rusos, encabezada por Vladimir Lenin, adoptó la consigna de guerra civil internacional contra el capitalismo. Se explica que, a raíz del colapso del régimen zarista en 1917, los bolcheviques se encontraran en posición de efectuar la proclamación del régimen soviético o socialista en el Imperio Ruso. Desde el poder, los bolcheviques promovieron la escisión generalizada del movimiento socialista al fundar la Tercera Internacional o Internacional Comunista.
La existencia del régimen soviético impulsó la radicalización del movimiento obrero en toda Europa, el predominio en varios países de los nuevos partidos comunistas y el surgimiento de partidos marxistas en Asia y América. La izquierda se escindió en casi todas partes entre socialistas y comunistas, que entraron durante años en una competencia feroz. Los comunistas, aunque intentaron tomar el poder en varios países, como Hungría y Alemania, terminaron fracasando, por lo que la Unión Soviética quedó aislada. Se frustraron las expectativas de que tras la revolución en Rusia continuara en Alemania como preámbulo de la revolución mundial. La socialdemocracia contribuyó decisivamente a la perpetuación del capitalismo en Alemania, lo que amplió el foso entre comunistas y socialistas.
Aislado y agredido por las potencias capitalistas, el régimen soviético entró con rapidez en procesos de deformación. Aunque con un polo industrial moderno, Rusia continuaba siendo un país de fuerzas productivas atrasadas. Necesidades prácticas condujeron a una derivación autoritaria, que incluyó la preeminencia del partido comunista en todas las instancias de la vida social, la disolución de los otros partidos socialistas y la pérdida de libertades elementales propias de la modernidad. El corolario fue la deformación burocrática que excluyó una democracia socialista. Sería materia de discusión considerar si de implantó o no un sistema digno de ser calificado como socialista, aunque se estatizaron todos los medios de producción. Pero, como lo expresó a posteriori el segundo líder de Rusia, Lev Trotski, la clase obrera fue sustituida por el partido comunista burocratizado, el partido fue sustituido por el comité central y este por su secretario general.
En efecto, la dinámica de la Unión Soviética condujo a la erradicación paulatina de las corrientes dentro del propio partido comunista que no se ajustaran al lineamiento del comité central. Esta deformación autoritaria comenzó en vida de Lenin con la ilegalización de los demás partidos socialistas y la prohibición de las tendencias en el interior del partido comunista. Tras la muerte de Lenin, Iosip Stalin ganó la confianza de la mayoría burocratizada del aparato y fue purgando a todos los competidores hasta implantar un régimen de dominio personal absoluto y de connotación eminentemente policial. Al poco tiempo, entre 1936 y 1938, semejante evolución se tradujo en el desencadenamiento del gran terror, que conllevó la eliminación física de cientos de miles de personas, incluyendo la mayor parte de la dirigencia que había contribuido a elevar al propio Stalin al poder.
El estalinismo conllevó el pecado original de la experiencia socialista soviética. El ideal quedó desnaturalizado por una realidad espantosa de opresión generalizada. Sin embargo, se consolidó la estatización que sustentaba la suposición de un orden socialista. El grueso del movimiento comunista internacional se adhirió al estalinismo, lo que tuvo repercusiones deformantes en la práctica que a la larga resultaron insalvables. Aunque tras la muerte de Stalin, los excesos mortíferos fueron repudiados, permanecieron los trazos autoritarios básicos de las décadas previas, hecha excepción de la criminalidad y el terror sistematizado. De manera que no se produjo una rectificación de fondo. La Unión Soviética permaneció hasta su final como un sistema de dominio perfeccionado de la élite burocratizada del partido, libre de la impronta que le imponía la figura espantosa de Stalin.
Las deformaciones del estalinismo comprometieron en adelante la naturaleza del movimiento socialista a escala internacional. La generalidad de revolucionarios mantuvo la fidelidad hacia la Unión Soviética. Esto se fortaleció gracias a la formación del bloque socialista en Europa oriental y sobre todo por la implantación de la República Popular China. Una alternativa desde la izquierda y posturas de rescate de componentes esenciales del espíritu original del socialismo resultaba en gran escala inviable en la práctica. Al mismo tiempo, la Unión Soviética continuó desempeñando un papel decisivo en la contestación del capitalismo a escala mundial. Tras la Revolución China siguieron los casos de Vietnam y Cuba, además del estímulo crucial a los movimientos de liberación nacional en Asia y África.
A inicios de la década de 1960 se produjo una nueva división del movimiento comunista, con la contestación de la dirigencia de China, encabezada por Mao Tse-tung a la política soviética de coexistencia pacífica y la denuncia de los excesos del estalinismo. El cisma chino propinó un golpe mortal al avance que venía produciéndose en la lucha antimperialista en el Tercer Mundo y debilitó al campo socialista en su conjunto. Sus estragos no fueron mayores a causa del mantenimiento entre muchos de las pautas del marxismo tradicional. El maoísmo se sustentó en la reivindicación de los trazos cerrados del estalinismo, la potenciación del culto a la personalidad a un grado de irracionalismo filosófico y una intolerancia hacia cualesquiera variantes distintas de marxismo.
Consciente de la deriva burocrática de medios del partido, Mao intentó contrarrestarla mediante la hegemonía personal absoluta y la imposición de un corpus doctrinario ridículo, resumido en máximas por el segundo al mando, Lin Biao, también purgado en su momento. La muerte de Mao conllevó la quiebra del maoísmo en casi todas partes en asociación con la política de aliento de un fuerte sector capitalista en China, lo que para Mao habría significado el cumplimiento de la advertencia del final del socialismo. La realidad china de hoy, empero, muestra las dificultades de la profundización del socialismo en consonancia con las tendencias económicas y culturales a escala mundial.
Esto último se puso de relieve de manera definitiva con la disolución de la Unión Soviética y la desintegración de las democracias populares de Europa oriental desde dos años antes. Se puso de manifiesto el fracaso en Occidente del socialismo real, lo que colocó a la ideología capitalista en el cénit de su prestigio. Muchos sucumbieron, en Europa y América, ante lo que consideraron final definitivo del movimiento socialista. 1991, en tal sentido representa un hito de la decadencia de la izquierda a escala mundial.
III
Después de la Segunda Guerra Mundial se acentuó el carácter sistémico de la socialdemocracia. Esto no se produjo de golpe, pero a la postre quedó como marca definida. La socialdemocracia se atuvo al marco del capitalismo y se restringió a impulsar reformas que no fueron cuestionadas por los círculos dominantes del capitalismo mundial, en la medida en que contrarrestaban el prestigio del movimiento comunista, que se expresó en fuertes organizaciones en países como Italia, Francia o Indonesia y, en menor grado, en otros, como Chile.
De tal manera no pudo surgir un modelo alternativo al estalinismo con potencialidad efectiva. En todo caso, la crítica de intención socialista original quedaba opacada por el peso del campo socialista y la eficiencia correspondiente de los partidos comunistas o los movimientos de liberación nacional que recibían apoyo de la Unión Soviética y otros países socialistas.
Tal contexto se reprodujo en América Latina, aunque con la peculiaridad derivada del paradigma cubano. El triunfo de los guerrilleros de Sierra Maestra se produjo al margen del influjo de la Unión Soviética, pero solamente se pudo sostener gracias a su apoyo. Para mantenerse en el poder frente a la agresión estadounidense de manera funcional Cuba tendió a reproducir los trazos del sistema soviético aunque tuviera peculiaridades en los tiempos iniciales. Para el esquema del poder unipersonal implantado por Fidel Castro, el autoritarismo soviético quedaba como anillo al dedo. En Cuba se protagonizaron transformaciones que causaron fuerte impresión en América Latina, al quebrar esquemas consuetudinarios del ordenamiento oligárquico y en muchos casos dictatorial.
Se explica que el caso cubano se tornara en paradigma de la izquierda en todo el continente. Quienes recusaron de cualquier modo los rasgos del sistema en Cuba quedaron asimilados en la práctica a la colaboración con el imperialismo estadounidense. Esto contribuyó a impedir una alternativa conceptual al comunismo tradicional, aunque la dirigencia cubana le condujera fuertes críticas.
El fondo del impacto cubano no radicó tanto en las veleidades iniciales por gestar un socialismo con contornos diferenciados del soviético, sino en la prédica de la lucha armada y particularmente de la guerra de guerrillas como fórmula única para la toma de poder. Quienes ponían reparos a la acción armada casi siempre quedaban descalificados. Sin embargo, con excepción de Colombia y Guatemala, las experiencias guerrilleras sucumbían en el fracaso. Ernesto Guevara, codificador de la concepción y propugnador por rasgos diferenciados del régimen socialista, compartió ese destino en Bolivia. De tal manera, la izquierda radical de corte castrista, al tiempo que potencializó la lucha antiimperialista a escala continental, se veía por definición destinada al fracaso. El imperialismo, por lo demás, contribuía a cerrar toda otra alternativa de transformaciones genuinas, como se puso en evidencia con el golpe de Estado contra el régimen legal de Salvador Allende en Chile en 1973, caso único hasta entonces de triunfo de la izquierda en elecciones.
La excepción a la regla la representó el triunfo por medio de una insurrección armada del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1979. Este caso se explica por la persistencia de un régimen dictatorial anacrónico que concitaba contradicciones múltiples. A pesar del uso de la guerrilla, el sandinismo supo ganarse en el proceso a sectores progresistas y democráticos, con lo que aseguró un consenso nacional imprescindible. En tal sentido, representó una variante del paradigma cubano.
En otro orden, los sandinistas carecieron de capacidad para impulsar transformaciones más a fondo. Pero la fórmula armada seguía destinada al fracaso. Estados Unidos se veía facilitado para desplegar fórmulas eficientes de terror y de apoyos financieros y técnicos a los regímenes aliados. En Colombia las formaciones guerrilleras no lograban ganar una adhesión masiva fuera de sus limitadas bases sociales de apoyo. Con el tiempo, a medida que ganaba cuerpo, la guerrilla colombiana pasó a emplear mecanismos de legalidad moral discutibles, como la práctica de los secuestros o la colaboración con el narcotráfico.
En Guatemala, en cambio, la guerrilla se sostenía sobre bases en extremo precarias por efecto del terror implantado por el régimen oligárquico. El caso que pareció reproducir al de Nicaragua fue el de El Salvador, pero a igual que en otros contextos el enemigo aprendió con más eficacia. El Frente Farabundo Martí no logró concitar suficientes aliados y un apoyo de masas que concediera la garantía del triunfo.
Ante la ofensiva guerrillera se alzó la contrarrevolución continental. Estados Unidos desplegó todos los recursos para impedir la reiteración del paradigma cubano o aplastar su posible éxito, como sucedió con la creación de la Contra en Nicaragua, que a la larga obligó al sandinismo a pactar elecciones. Se impusieron regímenes militares en países como Brasil y Argentina, siempre con la prioridad de la agenda contrarrevolucionaria del terror estatal.
Ahora bien, a la larga, la reacción latinoamericana careció en ese contexto de la consistencia necesaria para consolidarse en el poder. La incompetencia y la corrupción minaban los regímenes autocráticos y militares. El dominio oligárquico tradicional se revelaba inviable. Lo mismo acontecía con las democracias representativas, como se puso en evidencia en el estallido popular en Venezuela en febrero y marzo de 1989, conocido como Caracazo, que dejó centenares de víctimas.
De tal manera, en contrapartida del fracaso de la lucha armada, se abría la puerta para una apertura democrática que incluía la posibilidad de una propuesta de izquierda por vía electoral y sobre la base del recorte programático de reconocimiento de los esquemas socioeconómicos del sistema. Se abrió lo que se conoció como ola progresista de América Latina hacia 1999. Incluyó relevantemente el acceso al poder del teniente coronel Hugo Chávez en Venezuela, quien en solitario no tardó mucho en proclamar un giro progresista del siglo XXI. En 2005 la mayor parte de países de América del Sur tenían gobiernos progresistas o de izquierda, como el de Lula Da Silva. Pero este ciclo se cerró a partir de 2010 con la derrota del kirchnerismo en Argentina y el derrocamiento de Dilma Rousseff en Brasil.
Un segundo ciclo progresista se inició con el triunfo de Andrés López Obrador en 2018. En casi todos los países de mayor población de América Latina se implantaron gobiernos progresistas o de izquierda, como el de Alberto Fernández en Argentina, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia. En este segundo ciclo se recortaron los objetivos de cambio del primero, como se vio en el caso de Chile, al tiempo que algunos gobiernos sucumbieron, como el derrocamiento de Pedro Castillo en Perú.
En ambos ciclos el perfil de las propuestas de cambio fue completamente diferente a la que esbozaba la izquierda histórica, aunque con la excepción parcial del régimen de Chávez, de orientación socialista. En todos los demás casos, se renunciaba por adelantado a una transformación revolucionaria y las medidas se limitaban a reformas o programas redistributivos asistencialistas. En torno a estas propuestas se comprometieron nuevos actores progresistas o de izquierda, pero también el grueso de la izquierda tradicional de todas las orientaciones. Sin duda hubo éxitos parciales, como la promoción de millones de pobres en Brasil durante la primera etapa de Lula Da Silva. Pero los contornos esenciales del ordenamiento económico-social quedaban inalterados. Se llegó al caso de que las organizaciones de izquierda en el poder renunciaban a toda transformación y se tornaban instrumentales para la continuación del estatus quo, como se produjo en El Salvador, tras años de lucha guerrillera.
A la postre, los resultados del asistencialismo se agotaban y conferían renovadas vigencias a las derechas tradicionales. En algunos de los casos se renunció a cualquier modificación mínima de las relaciones sociales, como fue el caso de Chile. Resulta estremecedor que el segundo ciclo haya concluido con el triunfo de candidaturas de extrema derecha, como Milei en Argentina, De la Espriella en Colombia, Kast en Chile y casi segura de Bolsonaro hijo en Brasil. La derechización de los países centrales de Occidente se ha contagiado en América Latina. Es el panorama característico de América Latina que se ha consolidado con el ataque estadounidense a Venezuela y la capitulación de la cúspide chavista para ponerse al servicio de los intereses hegemónicos del imperialismo.
En conclusión, la izquierda en el poder lo ha hecho mal en América Latina, y en algunos casos lo ha hecho pésimo. Una autocrítica resulta imprescindible para que surja una izquierda factible y acorde con los tiempos, que supere las incongruencias de la actual.
IV
Lo que sigue a continuación, a manera de conclusión, no pasa de esbozos de temáticas que deben ser desarrolladas dentro de un contexto más amplio. Se persigue una síntesis de factores acerca de las causas de la correspondiente descomposición progresiva de la izquierda respecto a los factores de largo plazo y los cambios acaecidos en la esfera internacional en tiempos recientes. De la misma manera, se presentan algunas propuestas acerca de posibles alternativas de reconstitución de la izquierda socialista.
En el panorama de hoy, en todas partes, el espíritu de izquierda se encuentra en entredicho, sea por la acumulación de sus propios fracasos, fuera y dentro del poder, como por los cambios económicos y culturales a escala mundial en el presente.
Globalmente, la izquierda no ha sabido o no ha podido enfrentar los retos que ha implicado la caída de la Unión Soviética y la aparición de tendencias recientes en el capitalismo, que han incluido componentes culturales que han dejado obsoleta, al menos hasta cierto punto, la cosmovisión histórica de la izquierda.
Por una parte, el neocapitalismo ha implicado la ampliación de las clases medias y el desdibujamiento de los proletariados históricamente considerados. Esto se ha producido tanto en la generalidad de los países centrales como al igual en muchos periféricos. La figura del inmigrante, en los países desarrollados, sobre todo, ha quedado identificada con la del proletario, con el subsiguiente debilitamiento de los movimientos obreros.
Asociado a lo anterior se han producido cambios culturales a gran escala, sustentados en el consumismo hedonista, el arma ideológica por excelencia del capitalismo contemporáneo. Aunque en la mayoría de los países capitalistas, incluido una parte de los centrales, el acceso al sobreconsumo queda restringido a una minoría de la población, el sistema ha creado la ilusión de que todos se encuentran en posibilidad de acceder a bienes abundantes. La alienación de la mercancía, expuesta por Marx, se ha exacerbado hasta límites que desdibujan rasgos de la conciencia social hasta tiempos recientes. Sobre la base de transformaciones tecnológicas recientes, el sistema pregona exitosamente un augurio de bienestar generalizado. El individualismo hedonista ha conllevado una quiebra de los parámetros culturales preexistentes. Se asiste a una suerte de letargia de estupidez en segmentos considerables de todos los sectores sociales.
Como consecuencia de esto, las organizaciones obreras han perdido funcionalidad y han experimentado procesos de descomposición y degeneración. Ante esto ha quedado un vacío que la izquierda ha pretendido llenar mediante la capitalización de demandas alternativas que surgen en el neocapitalismo, como la cuestión femenina, la homosexual, la ecológica o la étnico-nacional. Al obrar de esa manera, la izquierda se ha reconfigurado en una vertiente que implica desnaturalización por cuanto obvia los fundamentos socioeconómicos de las contradicciones del sistema.
En definitiva, con esa agenda que ha recibido el calificativo de woke en Estados Unidos, la izquierda ha perdido sustancia y ha entrado en graves desencuentros y confusiones. Es evidente que las nuevas realidades del mundo comportan nuevos problemas, como los indicados, pero su aislamiento de las matrices de las contradicciones del capitalismo conlleva una deriva que desdibuja una propuesta transformativa global.
Aunque las preocupaciones woke prevalecen en los países centrales, en la periferia no dejan de impactar, al tiempo que la restricción de las propuestas de izquierda a planos de asistencialismo redistributivo reproduce que se obvien las matrices socioeconómicas de los conflictos sociales y, por tanto, de las contradicciones estructurales.
La agenda woke obvia la agudización de la explotación social a escala global o fenómenos fundamentales como la tendencia a la guerra por sectores dirigentes de los países capitalistas centrales como medio para escapar a las contradicciones. El solo hecho de la guerra, como peligro a gran escala para la subsistencia de la humanidad, remite a la necesidad de una revitalización de la izquierda propiamente dicha, de contenido socialista.
Una redefinición socialista de la izquierda resulta imprescindible, pero presenta graves dificultades. El fracaso de los experimentos soviéticos y realidades en los países que conservan una matriz socialista en Asia conllevan un obstáculo para la recepción de una propuesta socialista. Las nuevas realidades culturales comportan la recepción masiva de paradigmas asociados a los antivalores del sistema. Sin embargo, la izquierda es posible y necesaria.
Las contradicciones del sistema alcanzan grados muy delicados en el presente, y todo presagia que se agudizarán en el futuro. Se asiste hoy a la decadencia del capitalismo en Occidente, y nada presagia que en la actualidad haya instrumentos al alcance para paliar esta tendencia. Por el contrario, las élites exacerban males como la hiperconcentración del capital o la caída de la eficiencia económica global en Europa. Asia, en especial China, se perfila como la esfera emergente, lo que se responde mediante respuestas absurdas que conducen a la guerra. Donald Trump, en una propuesta relativamente realista, acudió en campaña al argumento de renunciar a la guerra con el fin de revitalizar la productividad en Estados Unidos. Sin embargo, ha caído en la solución de la guerra, prisionero de factores de fondo que marcan las profundidades del sistema. Algo todavía más grave se observa en los liderazgos de Europa, inclinados a la guerra como medio vicioso de mantener vigencia y escapar a la irrelevancia en que ha caído como continente en el escenario internacional.
Resulta fundamental advertir que la agudización de las contradicciones estructurales del sistema no conlleva necesariamente a correlatos políticos. La recomposición de una izquierda es una posibilidad, pero no una necesidad objetiva. En tal sentido, contrario al marxismo determinista y teleológico de Marx, cabe rescatar el componente teorético de que el agravamiento de las contradicciones no conlleva necesariamente consecuencias políticas. Para el desarrollo del socialismo se requieren mediaciones en el orden macro histórico.
El surgimiento de la Unión Soviética fue, en lo fundamental, producto inmediato de la Primera Guerra Mundial, aunque con el trasfondo de las contradicciones múltiples que aquejaba al régimen zarista. En China, la revolución no fue producto de un conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción del capitalismo, sino de las contradicciones generadas por la condición semicolonial del país, llevadas a su punto más alto con la invasión japonesa. En todos los casos, el ámbito estructural opera para el cambio a través de mediaciones históricas.
Si se aspira a un orden socioeconómico superior, de tendencia socialista, ha de concitarse una nueva izquierda que contribuya a potenciar las expresiones contestatarias espontáneas. En tal sentido, debe presentar el reverso de la tradicional intolerancia del movimiento. Ha de colaborar con todas las expresiones de protesta y reivindicación. Pero al hacerlo, debe luchar a su vez por la consecución de una hegemonía de nuevo tipo, en una relación dialéctica de colaboración y diferenciación.
La situación delicada de desprestigio en que se halla la propuesta alternativa al capitalismo requiere la atención a nuevos componentes en la práctica política. Junto a la lucha social, debe prestarse máxima atención a los ámbitos de la cultura y la ética. En definitiva, en la actualidad, el nudo de un paradigma alternativo pasa por la posibilidad de una hegemonía cultural antisistémica. Se trata de algo de muy difícil consecución, por tanto, un reto grave pero imprescindible para una recomposición de la izquierda.
En resumen, la izquierda es una necesidad moral para la humanidad, a pesar de sus limitaciones. No hay una propuesta global alternativa superior. Un sistema de corte socialista ha de reconstituirse como horizonte utópico para una alternativa al desastre material y ético que significa el capitalismo. Empero, la alternativa no traspasa el ámbito de la posibilidad objetiva, favorecida por la tendencia del sistema a incurrir en conflictos derivados de sus contradicciones de fondo, en la actualidad exacerbados por las fallas estructurales que se ponen de relieve. El auge de los países de Oriente (China, Rusia e India, el núcleo de los BRICS) no es más que el resultado de las insuficiencias en que han descendido las potencias capitalistas occidentales. No hay señales de que este panorama varíe, por lo que en un futuro no distante se habrán de manifestar exacerbaciones de los conflictos estructurales y de sus consecuencias.
La izquierda eventual ha de reunir múltiples condiciones. Al tiempo de sustentarse en las contradicciones estructurales del sistema, ha de reconocer los nuevos agentes históricos de cambio derivados de las nuevas realidades internacionales. Ha de recoger toda reivindicación válida y entablar las alianzas correspondientes en una relación de lucha por un nuevo tipo de hegemonía ideológica. Asimismo, ha de poner en primer plano problemas culturales y propugnar por una alternativa ética al desastre que en el terreno moral comporta el capitalismo actual. Debe tener capacidad de renovación y de albergar multiplicidades de reivindicaciones antiguas y recientes.
A pesar de todos los fracasos, pero tomando en perspectiva también los balances complejos de las luchas sociales en los procesos históricos de los últimos dos siglos, una izquierda alternativa es una necesidad objetiva al tiempo que una posibilidad subjetiva. Todos estamos llamados a la reinvención y a la potenciación de la lucha por un mundo mejor, más justo, ético, equitativo, democrático y solidario.
Se ha indicado que la restricción a un asistencialismo constituyó la nota dominante de estos regímenes progresistas. Pero procede ir más lejos en la determinación de las causas del final del segundo ciclo progresista con el predominio generalizado de la ultraderecha. O sea, que el fracaso tiene un matiz inédito en América Latina y guarda correspondencia con lo que acontece en los países desarrollados de Europa occidental y Estados Unidos. La derechización ha de verse con el filtro del mundo, incluyendo la correspondiente decadencia de la izquierda.
Un primer determinante ha de verse en un cambio de composición social en el largo plazo en los países occidentales, incluyendo los subdesarrollados de América Latina. Las polarizaciones previas se han debilitado y han emergido nuevos grupos sociales y esquemas de interacción social.
Sobre el autor:
Historiador, investigador y ensayista dominicano



